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Nearshoring y la relocalización de empresas

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Nearshoring y la relocalización de empresas

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Autor:
Ángulo Raso
Fecha de Publicación
15 junio, 2025

En un mundo cada vez más interconectado, donde la velocidad de respuesta y la eficiencia logística pueden definir el éxito o el fracaso de una empresa, el nearshoring ha emergido como una respuesta estratégica a una realidad que cambió drásticamente con la pandemia y que sigue transformándose a la luz de tensiones geopolíticas, exigencias económicas y reconfiguraciones comerciales. 

A diferencia del offshoring tradicional, que impulsó durante décadas la externalización de procesos hacia destinos lejanos como China o la India, el nearshoring propone una estrategia más sensata en tiempos inciertos, esto es, acercar la producción al mercado de consumo. Y si existe un país que se perfila como protagonista natural de esta tendencia en la región de América del Norte, ese es México.

Hablar de nearshoring no es solo hablar de logística, sino que implica hablar de soberanía económica, de capacidad de adaptación industrial y de visión estratégica a largo plazo. La idea de acercar centros de producción a sus mercados principales no es nueva, pero ha cobrado una gran relevancia desde que las cadenas de suministro globales atravesaron una gran crisis con motivo de la pandemia. 

Lo anterior, trajo consigo contenedores varados, insumos atrapados en puertos asiáticos y fábricas paralizadas por brotes incontrolables; lo que significó una llamada de atención para las grandes economías del mundo. Estados Unidos, en particular, se dio cuenta de que no podía seguir dependiendo de un rival comercial como China para abastecer su aparato productivo. Y entonces, inevitablemente se buscó la relocalización.

Para ello, México ha aparecido como la mejor opción; su cercanía con Estados Unidos, la vasta red de tratados comerciales que lo vincula con más de 50 países, su mano de obra competitiva y la integración económica existente con el vecino del norte —impulsada desde 1994 por el TLCAN y actualizada con el T-MEC— hacen del país un destino sumamente atractivo para este nuevo reordenamiento global. Sin embargo, lo más importante quizá no es lo que México representa para el mundo, sino lo que esta ola de relocalización puede representar para México mismo.

El nearshoring tiene el potencial de cambiar profundamente el panorama económico nacional. Las estimaciones que apuntan a un crecimiento sostenido del PIB, la atracción de inversión extranjera directa hacia 2030 y la posibilidad de que México supere a China como principal socio comercial de Estados Unidos son datos muy importantes. 

Sin embargo, para ello, México necesita invertir en su infraestructura, garantizar certidumbre jurídica y política, y capacitar a su fuerza laboral de forma sistemática. Porque si bien es cierto que la relocalización es una oportunidad, también lo es que las oportunidades no son eternas, ni están garantizadas.

Los sectores que ya están capitalizando el nearshoring son prueba de que esta estrategia no es una promesa futura, sino una realidad en marcha. El crecimiento de la industria automotriz en estados como Nuevo León, Coahuila o Guanajuato; la expansión de empresas de tecnología que han encontrado en ciudades como Guadalajara; o el desarrollo de servicios financieros, logísticos y manufactureros en el norte del país muestran un país que sí puede integrarse con éxito a las nuevas cadenas globales de valor. No obstante, este fenómeno también ha revelado el otro lado de la moneda, esto es, esta dinámica se ha concentrado en ciertas regiones mientras otras permanecen al margen, sin acceso a infraestructura adecuada, sin conectividad, sin capital humano suficiente para competir.

Esta inequidad regional podría convertirse en un freno para el potencial transformador del nearshoring si no se atiende con políticas públicas inteligentes. La relocalización de empresas no debe limitarse a atraer capitales extranjeros, sino que debe ser entendida como una palanca de desarrollo nacional. 

Si México logra extender los beneficios de esta nueva ola a regiones tradicionalmente marginadas (como lo es el sur del país) mediante inversión en carreteras, ferrocarriles, educación técnica y energías limpias, entonces el nearshoring podría ser también un instrumento de justicia territorial. De lo contrario, corremos el riesgo de replicar el modelo de siempre, es decir, perpetuar el crecimiento desigual, modernidad periférica y una dependencia aún más pronunciada de los polos industriales tradicionales.

En este escenario, el papel del Estado es clave. El mercado por sí solo no resolverá los desequilibrios estructurales que México arrastra desde hace décadas. Si el gobierno federal no asume un rol activo en la planeación estratégica del nearshoring, entonces muchas de las promesas podrían quedarse en eso.

Es necesario establecer zonas económicas inteligentes, mejorar la eficiencia de las aduanas, garantizar acceso a energía limpia y segura, y sobre todo, construir un marco de gobernanza que brinde confianza a los inversionistas sin caer en sumisiones incondicionales. El capital extranjero es bienvenido, pero no a costa de ceder soberanía o permitir prácticas laborales precarias.

A pesar de todos sus beneficios, el nearshoring también plantea retos serios. La presión sobre los recursos naturales, particularmente el agua, en estados del norte que ya sufren estrés hídrico es un ejemplo de los impactos ambientales que podrían intensificarse si no se planifican con cuidado. 

Además, la integración acelerada a los flujos de comercio internacional puede aumentar la dependencia de la economía mexicana respecto a Estados Unidos, lo cual, si bien rentable en el corto plazo, puede volverse riesgoso en un contexto de políticas proteccionistas o cambios de administración en Washington. La clave está en equilibrar la apertura con el fortalecimiento interno, en aprovechar la interdependencia sin volverse vulnerables.

Lo anterior, ya se puede sentir desde que Trump tomó su silla en la Casa Blanca; cada una de las decisiones que ha tomado ha hecho temblar a más de un país, particularmente a México; reflejándose la dependencia que existe entre éste último y su vecino del Norte. Por lo que, de la noche a la mañana, México puede ser presa de éstos cambios tan repentinos de Trump y ver flagelada su economía.

El nearshoring no es una moda pasajera ni una solución mágica. Es una reconfiguración profunda de cómo y dónde se produce en el mundo. Y como tal, no es neutral: beneficia a quienes están preparados y castiga a quienes no lo están. México, por su ubicación, su experiencia industrial y su red de tratados, tiene una ventaja innegable. Pero convertir esa ventaja comparativa en una ventaja competitiva sostenible dependerá de las decisiones que se tomen hoy. No basta con que las empresas lleguen; hay que asegurarse de que se queden, de que inviertan en comunidades locales, de que formen parte de un modelo de desarrollo más justo, más equilibrado y más resiliente.

El reto, en última instancia, no es simplemente ser un receptor pasivo del nearshoring, sino convertirnos en un país que lidera, que propone, que innova. Porque si bien la historia nos ha enseñado que México ha sido muchas veces la fábrica de otros, quizá hoy tenemos frente a nosotros la posibilidad de ser algo más: un actor central en la nueva geografía económica del mundo. Aprovechar el nearshoring no es una tarea técnica; es un proyecto de nación. Y está en nuestras manos decidir si lo tomamos como tal.

Visión estratégica de líderes que marcan el rumbo.